Incendios provocados: entre la enfermedad mental, el vandalismo y la violencia criminal

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Artículo redactado por: Antonio Andres-Pueyo

El uso del fuego como medio de acción dañina, violenta o delictiva – como si de un arma se tratase – constituye una práctica criminal que a veces es muy clara, pero otras veces se difumina entre la imprudencia y el descuido, pero sus consecuencias son las propias de la acción violenta: muerte, lesiones, pérdidas materiales irreparables, dolor y sufrimiento. Esta conducta violenta también representa un desafío singular para la psicología forense, la psiquiatría y la criminología.

En las últimas semanas la sucesión de incendios forestales en España, de una excepcional gravedad, ha vuelto a situar el tema en la agenda pública. Estos incendios forestales no son el único tipo de incendio criminal, hay otros muchos y variados como son la quema de vehículos en la calle, el incendio de viviendas o locales de uso comercial o industrial, de mobiliario urbano y de otros tipos más limitados. En muchos países y zonas de Europa estas catástrofes, que suceden a veces por razones naturales, tienen un impacto social muy genérico y suelen reactivar preguntas recurrentes: ¿se trata de la acción de pirómanos? ¿son simplemente comportamientos vandálicos? ¿negligencias que rozan la imprudencia criminal? Las respuestas, que se generan en la clínica y la investigación criminológica, son siempre complejas y plurales.  Otro debate clásico es si los incendios de origen no-natural están provocados por “pirómanos”, personas con trastornos mentales menos específicos o por delincuentes y personas antisociales Y, también, suele cuestionarse si tienen un perfil delictivo determinado. En general los pirómanos son los primeros en entrar en la ecuación del debate.

La imagen socio-cultural del “pirómano” es la de un enfermo mental obsesionado con el fuego, que desde luego es atractiva, resulta insuficiente para explicar la mayoría de los incendios, también los forestales. En realidad, los diagnósticos de piromanía en un sentido clínico-psiquiátrico son poco frecuentes. El propio DSM-V-TR los califica de casos extremadamente raros. La prevalencia de este trastorno se sitúa en torno al 0,4% de la población general y entre el 1-3% de los incendiarios procesados penalmente. La piromanía se considera un trastorno del control de impulsos y está bien descrito en los manuales psiquiátricos. Se caracteriza por que el paciente presenta una tensión creciente previa al acto incendiario, que es su causa impulsiva, que se alivia en el momento de prender el fuego y observar su desarrollo. En el incendio del pirómano existe una ausencia de motivación instrumental externa clara que explique racionalmente esa conducta violenta. Es decir, el sujeto no realiza el acto incendiario por venganza, beneficio económico o encubrimiento (al menos claramente) sino por la compulsión interna de provocar y observar el desarrollo del fuego y los sucesos que acontecen inmediatamente después del hecho delictivo. En la práctica clínica forense, la piromanía diagnosticada es poco frecuente. La mayoría de los incendiarios que ingresan en el sistema penal con elementos propios de la enfermedad mental suelen presentar otros cuadros psiquiátricos (psicosis, trastornos de personalidad, discapacidad intelectual). En la mayoría de los incendiarios no hay presencia de elementos psicopatológicos, pero sí que presentan historial o antecedentes de conductas antisociales, delictivas y violentas. 

También la evidencia criminológica señala que la piromanía es excepcional, incluso en incendiarios convictos. La mayoría de los autores de incendios identificados presentan perfiles asociados a contextos sociales vulnerables: hombres adultos, con empleos precarios, bajo nivel educativo y, con frecuencia y antecedentes por otros delitos violentos o contra la propiedad.

No hay demasiados estudios de este tipo porque la tasa de identificación y condena jurídico-penal de los autores de los incendios es muy baja, por eso la información de este tipo de delincuente es escasa y confusa. Recientemente hemos finalizado un estudio longitudinal (Valdivia y Andres-Pueyo, 2025) sobre las características criminológicas de penados por delitos de incendio forestal doloso. Analizamos 984 personas detenidas por incendios forestales en Chile (entre 2002 y 2024) y observamos que la mayoría no son “piromanos” especializados, sino delincuentes versátiles con trayectorias delictivas amplias y antecedentes en otros delitos, especialmente violentos. De estos, un 55,5 % reincidió en delitos comunes o violentos, pero la repetición de incendios forestales fue mínima (1,3 %). El perfil más frecuente que encontramos fue el de hombres mayores de 30 años, sin pareja, con empleos precarios y bajo nivel educativo. Se confirmo la presencia de factores de riesgo, en incendiarios condenados, como el inicio temprano en la delincuencia, el consumo de alcohol/drogas, la versatilidad criminal y carreras delictivas prolongadas que multiplican el riesgo de reincidencia. El riesgo de reincidencia aumenta con el inicio temprano en el delito, el consumo de alcohol/drogas, la versatilidad criminal y carreras prolongadas. Esto sugiere que perfiles de personas con trastorno mental, como la piromanía, en los incendios forestales son casi inexistentes (especialmente en población penal) pero sí que hay más “perfiles” de delincuentes violentos – más oportunistas y persistentes, que inimputables – entre este grupo criminal.

Por tanto, es fundamental diferenciar entre la piromanía como trastorno mental específico y el incendio como conducta vinculada a un trastorno mental, a una personalidad antisocial o al consumo de sustancias. El fuego puede ser, en unos casos, una expresión sintomática de enfermedad mental y, en otros, un medio deliberado y racional de infligir daño, intimidar o encubrir. Esta distinción no es solo teórica, tiene repercusiones directas en la imputabilidad penal, en la valoración del riesgo de reincidencia y en las estrategias de tratamiento.

Profundicemos un poco más en la asociación entre el incendio intencionado y el trastorno mental. Hay que decir que esta asociación es muy habitual y se sustenta en la aparente “irracionalidad o incomprensibilidad” de esta conducta. Este hecho es frecuente también el delito violento y la enfermedad mental, pero la misma asociación es fuente, sobre todo, de estigmatización del colectivo de personas afectadas por un trastorno mental. Hay muchos estudios que muestran una diversidad compleja de relaciones entre los tipos de incendios (forestales, domésticos, vandálicos…) y los trastornos mentales. Uno de los estudios más destacados en esta temática es el de Vinkers y colaboradores (2011) que examinó de forma extensa la relación entre diagnósticos psiquiátricos y tipologías delictivas incluyendo los incendios (ver tabla a continuación).

Si agrupamos los delitos en cuatro categorías principales: violentos (homicidio e intento de homicidio), contra la propiedad, incendios y otros delitos violentos y listamos distintos tipos de trastornos mentales o equivalentes, vemos un cruce de resultados que muestran asociaciones relevantes (factores de riesgo) que ayudan a comprender como los trastornos mentales se asocian a los delitos violentos y de incendio. El asterisco indica que existe relación y el número de asteriscos la intensidad de esta relación. Estos datos muestran que los incendios intencionales se asocian con mayor intensidad a problemas mentales de tipo psicosis, trastornos orgánicos y de trastornos de personalidad, con asociaciones más débiles con los trastornos afectivos y la discapacidad intelectual, y, por último un papel añadido del consumo de sustancias como factor desinhibidor más genérico (entre ellos el alcohol). 

Otro destacado estudio clásico en este ámbito es el de Th. Gannon y colaboradores (2013) que aporta informaciones muy relevantes para precisar la comprensión de los perfiles psicológicos de los delincuentes incendiarios. Estos autores compararon los delincuentes incendiarios en prisión con otros internos condenados por otro tipo de delitos. El estudio muestra que quienes han provocado incendios tienden a presentar mayores niveles de hostilidad, más baja autoestima, elevada impulsividad y notables déficits en habilidades sociales. También muestran, con mayor frecuencia, dificultades de regulación emocional y una tendencia a pensamientos rumiativos vinculados al fuego, junto con un trasfondo de maltrato infantil o de exposición previa a episodios incendiarios.

En cuanto a sus trayectorias delictivas, se observa que los incendiarios son menos versátiles en términos de criminalidad general, pero muestran un historial más específico de conductas relacionadas con el fuego. Sin embargo, algunos de ellos comparten rasgos con delincuentes violentos persistentes, especialmente cuando concurren consumo de alcohol o drogas y problemas de control de impulsos. Las motivaciones, por otro lado, no siempre responden a un cuadro clínico de piromanía. Con frecuencia, el fuego se utiliza como medio de venganza, de destrucción de pruebas, de intimidación o de obtención de beneficios económicos. Solo una proporción minoritaria encaja en el perfil psiquiátrico estricto de piromanía.

Los factores de riesgo relevantes, detectados por los autores mencionados, incluyen hostilidad elevada, impulsividad, baja tolerancia a la frustración, consumo de sustancias, historia de violencia y la presencia de trastornos mentales, particularmente del cluster B de personalidad y psicóticos. Estos hallazgos refuerzan la idea de que la mayoría de los incendiarios no pueden ser clasificados como “pirómanos puros”, sino más bien como sujetos con perfiles antisociales, déficits de autorregulación y motivaciones instrumentales.

Si ponemos estos resultados en relación con el contexto actual de los incendios forestales en España, se hace evidente la necesidad de superar la simplificación entre pirómanos y meros incendiarios accidentales. La mayoría de los casos están más cerca de un patrón antisocial complejo que de un diagnóstico psiquiátrico restringido. Además, los factores de riesgo descritos por Gannon et al. coinciden con los ya señalados por estudios previos y con la evidencia sintetizada por Vinkers et al. (2011), particularmente en la categoría de incendio provocado. Nuestro estudio citado, realizado con M. Valdivia, en condenados en cárceles chilenas, identificó resultados similares a los estudios realizados en países anglosajones.

El fuego, en definitiva, no puede analizarse solo como una expresión clínica ni como un instrumento exclusivamente criminal. Puede ser ambas cosas, según el contexto. La piromanía, aunque escasa, obliga a considerar la dimensión psicopatológica del incendio como síntoma de un trastorno mental. Los actos antisociales, en cambio, sitúan el fuego como arma dañina, de poder, intimidación o venganza. Y la negligencia reiterada plantea la cuestión de hasta qué punto la frontera entre accidente e imprudencia criminal está socialmente tolerada.  Una lectura criminológica de los incendios refuerza esta visión. Los incendios forestales intencionados, como los que han devastado amplias superficies este verano, suelen estar más asociados a conflictos comunitarios, resentimiento o incluso vandalismo, que a problemas de naturaleza psicopatológica. Los incendios urbanos o domésticos, como los de viviendas o vehículos, tienen también más relación con venganzas personales, disputas vecinales o intimidación criminal que con los trastornos mentales. A ello se suman los actos de vandalismo juvenil —quema de contenedores o mobiliario urbano— y la frontera difusa entre la imprudencia y el accidente.

El reto para los profesionales de la psicología forense, la psiquiatría y la criminología es integrar estas perspectivas. La prevención y la intervención deben basarse en diagnósticos diferenciales rigurosos, evaluaciones de riesgo ajustadas y políticas públicas que aborden tanto la patología individual como la violencia estructural y la irresponsabilidad colectiva que se esconde tras muchos de los incendios de actualidad.

Referencias bibliográficas:

 

Gannon, T. A., Ciardha, C. Ó., Barnoux, M. F., Tyler, N., Mozova, K., & Alleyne, E. K. (2013). Male imprisoned firesetters have different characteristics than other imprisoned offenders and require specialist treatment. Psychiatry: Interpersonal and Biological Processes76(4), 349-364.

 

Vinkers, D. J., De Beurs, E., Barendregt, M., Rinne, T., & Hoek, H. W. (2011). The relationship between mental disorders and different types of crime. Criminal behaviour and mental health21(5), 307-320.

 

Valdivia-Devia, M., & Andrés-Pueyo, A. (2025). Perfil incendiario forestal en Chile. Seguimiento longitudinal 2004-2022, especialistas o delincuentes versátiles. Revista Liminales. Escritos sobre Psicología y Sociedad14(28), 123-153.